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La Sirenita
prose [ ]

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by [Hans_Christian_Andersen ]

2005-09-01  | [This text should be read in espanol]    |  Submited by Valeria Pintea



En el fondo del más azul de los océanos, un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la m√°s joven, adem√°s de ser la m√°s bella, pose√≠a una voz maravillosa; cuando cantaba acompa√Ī√°ndose con el arpa, los peces acud√≠an de todas partes para escucharla, las conchas se abr√≠an, mostrando sus perlas, y la medusa al o√≠rla dejaban de flotar.

La peque√Īa sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hac√≠a levantaba la vista buscando la d√©bil luz del sol, que a duras penas se filtraba a trav√©s de las aguas profundas. ‚Äú¬°Oh!, ¬°Cu√°nto me gustar√≠a salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!‚ÄĚ.

‚ÄúTodav√≠a eres demasiado joven‚ÄĚ, respondi√≥ la abuela. ‚ÄúDentro de unos a√Īos, cuando tengas quince, el rey te dar√° permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas‚ÄĚ.

La Sirenita so√Īaba con el mundo de los hombres, el cual conoc√≠a a trav√©s de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volv√≠an de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jard√≠n adornado con flores mar√≠timas. Los caballitos de mar le hac√≠an compa√Ī√≠a y los delfines se le acercaban para jugar con ella; √ļnicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respond√≠an a su llamada.

Por fin lleg√≥ el cumplea√Īos tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consigui√≥ dormir. A la ma√Īana siguiente el padre la llam√≥ y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermos√≠sima flor. ‚Äú¬°Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¬°Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, s√≥lo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. S√© prudente y no te acerques a ellos. ¬°S√≥lo te traer√≠an desgracias!‚ÄĚ.

Apenas su padre termin√≥ de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigi√≥ hacia la superficie, desliz√°ndose ligera. Se sent√≠a tan veloz que ni siquiera los peces consegu√≠an alcanzarla. De repente emergi√≥ del agua. ¬°Qu√© fascinante! Ve√≠a por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se hab√≠a puesto en el horizonte, hab√≠a dejado sobre las olas un reflejo dorado que se dilu√≠a lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban o√≠r sus alegres graznidos de bienvenida. ‚Äú¬°Qu√© hermoso es todo!‚ÄĚ, exclam√≥ feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiraci√≥n aumentaron todav√≠a: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, as√≠ amarrada, se balance√≥ sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. ‚Äú¬°C√≥mo me gustar√≠a hablar con ellos!". Pens√≥. Pero al decirlo, mir√≥ su larga cola cimbreante, que ten√≠a en lugar de piernas, y se sinti√≥ acongojada: ‚Äú¬°Jam√°s ser√© como ellos!‚ÄĚ.

A bordo parec√≠a que todos estuviesen pose√≠dos por una extra√Īa animaci√≥n y, al cabo de poco, la noche se llen√≥ de v√≠tores: ‚Äú¬°Viva nuestro capit√°n! ¬°Vivan sus veinte a√Īos!‚ÄĚ. La peque√Īa sirena, at√≥nita y extasiada, hab√≠a descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonre√≠a feliz. La Sirenita no pod√≠a dejar de mirarlo y una extra√Īa sensaci√≥n de alegr√≠a y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca hab√≠a sentido con anterioridad, le oprimi√≥ el coraz√≥n.

La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

‚Äú¬°Cuidado! ¬°El mar...!‚ÄĚ. En vano la Sirenita grit√≥ y grit√≥. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron o√≠dos, y las olas, cada vez m√°s altas, sacudieron con fuerza la nave. Despu√©s, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundi√≥. La Sirenita, que momentos antes hab√≠a visto c√≥mo el joven capit√°n ca√≠a al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo busc√≥ in√ļtilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Hab√≠a casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar. ‚Äú¬°Corred! ¬°Corred!‚ÄĚ, gritaba una dama de forma atolondrada. ‚Äú¬°Hay un hombre en la playa! ¬°Est√° vivo! ¬°Pobrecito...! ¬°Ha sido la tormenta...! ¬°Llev√©mosle al castillo! ¬°No! ¬°No! Es mejor pedir ayuda...‚ÄĚ. La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la m√°s joven de las tres damas. ‚Äú¬°Gracias por haberme salvado!‚ÄĚ. Le susurr√≥ a la bella desconocida. La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que hab√≠a salvado se dirig√≠a hacia el castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, qui√©n lo hab√≠a salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

S√≥lo la Hechicera de los Abismos pod√≠a socorrerla. Pero, ¬Ņa qu√© precio? A pesar de todo decidi√≥ consultarla.

‚Äú¬°...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querr√°s dos piernas. ¬°De acuerdo! Pero deber√°s sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentir√°s un terrible dolor‚ÄĚ. ‚Äú¬°No me importa‚ÄĚ, respondi√≥ la Sirenita con l√°grimas en los ojos, ‚Äúa condici√≥n de que pueda volver con √©l!‚ÄĚ.

‚Äú¬°No he terminado todav√≠a!‚ÄĚ dijo la vieja. ‚Äú¬°Deber√°s darme tu hermosa voz y te quedar√°s muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tucuerpo desaparecer√° en el agua como la espuma de una ola. ‚Äú¬°Acepto!‚ÄĚ, dijo por √ļltimo la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidi√≥ el frasco que conten√≠a la poci√≥n prodigiosa. Se dirigi√≥ a la playa y, en las proximidades de su mansi√≥n, emergi√≥ a la superficie; se arrastr√≥ a duras penas por la orilla y se bebi√≥ la p√≥cima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvi√≥ en s√≠, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonri√©ndole. El pr√≠ncipe all√≠ la encontr√≥ y, recordando que tambi√©n √©l fue un n√°ufrago, cubri√≥ tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar hab√≠a tra√≠do. ‚ÄúNo temas‚ÄĚ, le dijo de repente. ‚ÄúEst√°s a salvo. ¬ŅDe d√≥nde vienes?‚ÄĚ. Pero la Sirenita, a la que la bruja dej√≥ muda, no pudo responderle. ‚ÄúTe llevar√© al castillo y te curar√©‚ÄĚ.

Durante los d√≠as siguientes, para la Sirenita empez√≥ una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompa√Īaba al pr√≠ncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como hab√≠a predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le produc√≠a atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del pr√≠ncipe, √©ste le ten√≠a afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven ten√≠a en su coraz√≥n a la desconocida dama que hab√≠a visto cuando fue rescatado despu√©s del naufragio.

Desde entonces no la hab√≠a visto m√°s porque, despu√©s de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su pa√≠s. Cuando estaba con la Sirenita, el pr√≠ncipe le profesaba a √©sta un sincero afecto, pero no desaparec√≠a la otra de su pensamiento. Y la peque√Īa sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufr√≠a a√ļn m√°s. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un d√≠a, desde lo alto del torre√≥n del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el pr√≠ncipe decidi√≥ ir a recibirla acompa√Īado de la Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.

Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subi√≥ a cubierta. Recordando la profec√≠a de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuch√≥ la llamada de sus hermanas: ‚Äú¬°Sirenita! ¬°Sirenita! ¬°Somos nosotras, tus hermanas! ¬°Mira! ¬ŅVes este pu√Īal? Es un pu√Īal m√°gico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¬°T√≥malo y, antes de que amanezca, mata al pr√≠ncipe! Si lo haces, podr√°s volver a ser una sirenita como antes y olvidar√°s todas tus penas‚ÄĚ.

Como en un sue√Īo, la Sirenita, sujetando el pu√Īal, se dirigi√≥ hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del pr√≠ncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subi√≥ de nuevo a cubierta. Cuando ya amanec√≠a, arroj√≥ el arma al mar, dirigi√≥ una √ļltima mirada al mundo que dejaba y se lanz√≥ entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanz√≥ un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvi√≥ para ver la luz por √ļltima vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arranc√≥ del agua y la transport√≥ hacia lo m√°s alto del cielo. Las nubes se te√Ī√≠an de rosa y el mar rug√≠a con la primera brisa de la ma√Īana, cuando la peque√Īa sirena oy√≥ cuchichear en medio de un sonido de campanillas: ‚Äú¬°Sirenita! ¬°Sirenita! ¬°Ven con nosotras!‚ÄĚ. ‚Äú¬ŅQui√©nes sois?‚ÄĚ, urmur√≥ la muchacha, d√°ndose cuenta que hab√≠a recobrado la voz. ‚Äú¬ŅD√≥nde est√°is?‚ÄĚ. ‚ÄúEst√°s con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos‚ÄĚ.

La Sirenita, conmovida, mir√≥ hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del pr√≠ncipe, y not√≥ que los ojos se le llenaban de l√°grimas, mientras las hadas le susurraban: ‚Äú¬°F√≠jate! Las flores de la tierra esperan que nuestras l√°grimas se transformen en roc√≠o de la ma√Īana. ¬°Ven con nosotras!‚ÄĚ.

‚ÄúVolemos hacia los pa√≠ses c√°lidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ah√≠ un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos a√Īos, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres‚ÄĚ, le dec√≠an.

‚Äú¬°Tu has hecho con tu coraz√≥n los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los esp√≠ritus del aire, donde no depende mas que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones!‚ÄĚ, dij√©ronle. Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, llor√≥ por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque os cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirra con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.

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